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Cuando descubrí la importancia de trabajar con las manos [parte 1]

He querido escribir este post personal para hablarte sobre mi, para que me vayas conociendo un poquito mejor. En estas líneas quiero contarte cuándo descubrí la importancia de trabajar con las manos.

La verdad es que no fue un día en concreto, en el que una mañana me levantara y dijera: pero mira que tengo aquí… Un par de manos… Uy, que bien que me van a venir… Y la de cosas que voy a hacer con ellas…

El valor de mis manos no es algo que descubriera por casualidad. Lo cierto es que ya sabía el bien que me hacía trabajar con ellas. Pero no les había dado el espacio necesario, o quitado más bien; para que me demostraran lo poderosas que son.

Durante toda la vida he estado conectada con ellas. Desde bien pequeña siempre he creado con mis manos, eran como mis mejores amigas, aunque suene un poco raro, la verdad.

De siempre me gustó pasar largos ratos a solas, dando forma a todo lo que pudiese moldear, construir, dobla o pintar. La verdad es que soy introvertida y siempre fui a la mía, no me gustaba demasiado relacionarme con niños de mi edad, me sentía como pez fuera del agua y prefería jugar a crear mientras las niñas y niños de mi alrededor jugaban a deportes o hablaban de temas que para mi no tenían interés. Yo me montaba mis películas con cualquier cosa a la que pudiera darle forma.

Comenzando en camino artístico

Durante mis estudios en el instituto pude escoger sin problema un camino artístico. Mi madre, artista de nacimiento, fue un apoyo importante a la hora de escoger este camino. Por el contrario, mi padre, se quedó un poco preocupado con el tema de la salida laboral. Vamos, lo de siempre.

En el instituto pude conocer gente con inquietudes similares a las mías y con las que pude entablar relaciones más cercanas. Todavía tengo amistades con las que sigo teniendo buena relación.

Más tarde, durante la carrera de bellas artes, mis manos, como no, fueron mis mejores aliadas. Me lo pasé pipa aprendiendo y experimentando con todo tipo de materiales plásticos aunque claro, ya tenía decidido que iba a especializarme en diseño gráfico y dejé de lado un montón de asignaturas que me hubiera encantado hacer, solo para especializarme en esa rama.

Volviendo la vista atrás y si pudiera volver a empezar o repetirlo todo, haría un picoteo, tendría un popurrí de carrera sin especialización, jaja. Total de poco sirvió porque poco después hice un master con el que me especialicé en diseño e ilustración.

Primera llamada de atención

Después empecé a trabajar como diseñadora gráfica y durante los primeros años la cosa pintaba muy bien. Me encanta diseñar y pasar horas frente al ordenador, es mi mejor aliado en el trabajo. Pero la rutina y la celeridad del trabajo me fue absorbiendo.

Durante los primeros años me permitía abocetar un poco sobre una hoja de papel pero poco a poco comencé a saltarme pasos y a empezar directamente sobre el ordenador. Cada vez sentía que el proceso creativo menguaba y me convertía en más máquina y en menos yo.

Con el paso de los meses me fui alejando de los procesos manuales casi por completo, hasta que tuve una pequeña crisis. La siento pequeña ahora que la veo con distancia, pero en su momento no lo fue.

Pasé por un periodo de alto estrés y el cuerpo, que es muy sabio, me pedía crear con las manos. No lo pensé mucho y me apunté a clases de cerámica. Es algo que desde hacía tiempo me iba rondando la cabeza. Vi la oportunidad y lo hice. En ese espacio pude expresarme y solucionar la necesidad que tenía de plasmar mis creaciones directamente sobre algo matérico y no a través de la fría pantalla del ordenador.

Fue una terapia fabulosa además coincidía con el viernes por la tarde, el día perfecto después de toda la semana trabajando. Poder desconectar y entrar totalmente relajada, con otra energía, al fin de semana. ¡Me vino de perlas!

Justo durante mi segundo año en el taller de cerámica llegó la maternidad y con ella se tambaleó todo. Dejé el taller de cerámica porque quería estar el máximo de tiempo con mi bebé y la verdad es que me descuidé un poco. Bueno un poco-bastante. Emm… más bien un total. Me descuidé totalmente y me centré exclusivamente en mi bebé, que además era lo único que quería hacer y es algo de lo que no me arrepiento ni un poquito.

Luego, cuando terminó el permiso de maternidad, volví al trabajo de forma paulatina, y todo transcurría entre bebé y trabajo. Para mi no existía nada más.


Uy, esto se me está extendiendo demasiado y creo que lo voy a tener que partir en dos y dejarte con el intríngulis hasta el próximo post…

De todas formas si quieres descubrir cuáles son los beneficios de bordar a mano podéis leer este post.

Sigue leyendo aquí la segunda parte.

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